
Dos eventos distintos, víctimas provenientes de diferentes clases, pero una misma muerte. La impunidad del caso de la disco de Olivos aparece como un fantasma para obtener justicia en el caso Cromañón. El retrato de una vergüenza.
A tres años de la tragedia de Cromañón, un grupo de padres de Olivos y Zona Norte también recuerdan una pesadilla que no termina. No fueron cientos de víctimas, pero el dolor no deja de multiplicarse. Lo sucedido en el barrio de Once el 30 de diciembre del 2004 tuvo su antesala el 20 del mismo mes de 1993 en Kheyvis.
Hace 14 años, una fiesta de egresados terminaba con la muerte de 17 jóvenes, la mayoría menores, y 24 heridos que firmaron un contrato con una vida empañada por la pesadilla del fuego, el humo y la desesperación.
Tanto en Kheyvis como en Cromañón, la negligencia y la corrupción, casi siempre banderas de los accidentes en la Argentina, potenciaron el accionar de algunos jóvenes que tuvieron la fatídica idea de apagar un cigarrillo en un sillón, o de prender una bengala en un espacio cerrado.

El Estado apareció en los dos casos indiferente ante el hecho de que ambos lugares estaban habilitados para menor cantidad de personas. Por un lado, en Kheyvis esa noche había más de 600 adolescentes cuando la capacidad real era de 150. En Cromañón, más de 3.000 jóvenes coreaban a Callejeros, cuando sólo podían ingresar menos de 1.500.
Hoy los padres de Kheyvis lloran a sus hijos que en este momento tendrían más de 30 años,

serían probablemente padres de familia y habrían cumplido muchos de sus sueños de juventud. Pero la inexistente capacidad de control de los funcionarios y la inconsciencia de algunos se llevó sus vidas. Una causa que prescribió es la única relación de esos jóvenes con el Estado. ¿Será ese el futuro de las víctimas de Cromañón?
Fuente: www.infobae.com